La casa de al lado de mi vecino se parece a la mía, pero resulta que mi vecino soy yo y la casa del al lado es la mía. Y lo saludo cada mañana a través del muro, de su lado hay enredaderas brillantes y sonríe a mis señas. Riega el patio como quien lava el auto y silba a las mangueras que crecen de los rincones. Sale cada cinco minutos y se detiene en la misma baldosa. Entra cada cinco minutos y. Por su parte mi vecino espera al otro lado de la enredadera. Me observa mientras riego la tierra seca, lo miro mudo, me detengo en alguna baldosa y observo que no llevo cordones en las zapatillas, entro a ponerlos y salgo de nuevo. Me detengo y me doy cuenta que olvidé ponerme los cordones, vuelvo a entrar. Por alguna razón aquél se detiene en la misma baldosa y no avanza, sino que vuelve sobre sus pasos a la casa. Pienso que mi vecino abunda de fibrosas plantas, pasa el tiempo viéndome regar la tierra muerta. Cuando cae la noche aquel agarra la baldosa y se va a dormir. Anochece, ato mis cordones y entro a cenar.
jueves 17 de diciembre de 2009
sábado 12 de septiembre de 2009
lunes 24 de agosto de 2009
Preferiría empezar con una introducción de lo que va a suceder en adelante o abajo siguiendo el texto pero la verdad es que todavía está en blanco entonces cualquier comentario al respecto puede ser inútil. Y lo es.
Esta historia comenzó una tarde soleada, la gente paseaba en remera y trabajaba en remera y dormía en remera y misteriosamente todos usaban remeras. En un cuarto oscuro y mugriento un chico no encontraba la perilla de la luz y se le caían las estanterías con objetos que en la oscuridad no se distinguen. El chico por alguna razón no llevaba ropa y por otra razón no sabía qué hacía ahí metido. Yo quizás lo sepa y lo cuente, pero vayamos despacio. ¿Sí? Muy bien.
En otro rincón de la ciudad un taxi se adelantaba a un colectivo de la línea 106 y arrollaba a una señora con bolsas de hacer los mandados…
El chico ya está afuera, a la luz de la vereda. Estuvo varias horas metido ahí adentro.
En un camino de tierra, unas cuadras más adelante, siguiendo el rumbo de la calle donde se encontraba el chico aquél que había salido luego de estar varias horas metido dentro, no pasaba nada interesante, entonces volvemos atrás siempre sobre la misma calle, al asfalto, donde una habitación vacía relame los pasos de aquél chico que luego de encerrarse decidió escapar por otra calle de la que veníamos guiándonos. Entonces, podría terminar aquí, con un plano arbolado hacia la esquina. Pero ahí lo vemos al chico, el mismo que estuvo encerrado largas horas en aquella casa desenfocada, vuelve con el bolsillo ligero y algo en su mano.
- ¿Fuiste al kiosco?
El chico se mete a la casa y por alguna razón cierra con llave la reja de entrada. Nos quedamos afuera silenciando su aislamiento prematuro. Oímos un grito calle abajo y deprisa nos dirigimos al camino de tierra. Llegamos y vemos que nada interesante sucede. Volvemos sobre nuestros pasos, un poco más cansados y observamos la casa donde el chico entró hace algunos minutos. No sabemos si volvió a salir pero esperamos algún movimiento. Cae la noche y nos mantenemos atentos junto a la casa.
En frente una luz de hornalla ilumina la cara de una señora que nos espía. Se pregunta qué hacemos a estas horas simplemente parados en la vereda de la casa donde el chico entró hace unas horas a aquella habitación que lo retuvo durante todo el día. Nosotros no nos preguntamos eso. Es la trama de esta historia, al igual que la señora que se sirve el té y cierra el gas con llave . Pasa un auto con destino a Mar del Plata. La señora enciende la hornalla nuevamente. Vuelve el auto con destino a Mar del Plata, habían olvidado un bolso. La señora le pone un saquito a la taza que se enfría y saborea el mate cocido como quien saborea volver atrás en busca de un bolso. El auto llega a Mar del plata cuando la señora termina el mate cocido y es difícil adivinar quién se equivocó. Por un lado sale el sol. Podría decirles que un remis espera la salida de un hombre que observa cómo la señora del mate cocido nos vigila a la sombra del auto marplatense que desde el lado por donde sale el sol nos da sombra al resto de los que madrugamos para continuar viaje. Juraría que estamos en Mar del Plata y que el saquito del mate cocido estaba comido por polillas.
El chico aparece cuando mi compañero cierra los ojos. Tiene un mensaje escrito en un cartel que deja caer en nuestros zapatos. La señora se pone el traje de baño y desaparece. El remis hace luces que se pierden en la luz del sol que atraviesa el auto salido de Mar del Plata con destino a Mar del Plata, que llegó en lo que una señora que espía tarda en tomarse un mate cocido frío. Mi compañero abre los ojos y busca el cartel, pero sólo encuentra aquello que la señora con la taza vacía no logra observar por encandilarse con los reflejos que golpean las chapas de los autos con rumbo a Mar del Plata que ahora atascan la calle por la que caminamos durante todo el día en busca del chico encerrado en una habitación repleta de objetos que en la oscuridad no se dejan ver.
martes 18 de agosto de 2009
Pienso que si no me quieres matar me quieres fortalecer. Sé que podés golpear más fuerte, con puño cerrado darme en el ojo izquierdo y luego un rodillazo en el vientre, codazo en la espalda y patada en la cara. Sé que no vale la pena, puedo recaer siempre en lo mismo, una y una y una vez, como las otras. Podría jurar que viví esto mil veces. Un cuarto repleto de objetos y personas, risas, humillaciones, burlas, humo, indirectas, rojas, y nada más divertido que eso. Sentarse y señalar es lo más fácil, disfrutar de la gota que cae en una frente es lo más fácil de todo, más fácil que vivir con mis padres. Robar, prender fuego, mentir, cosas fáciles. Lo más difícil es convencerse de no ser bien recibido. Lo más difícil es aceptar que se acabó el cuarto de hora pico. No se consigue mirando el despertador. Voy a sacarle las pilas y a enchufarlo a dos veinte a ver qué pasa.
martes 11 de agosto de 2009
falso
domingo 9 de agosto de 2009
Mi gata sarnosa ya no es lo que era
Mi gata sarnosa hace mucho no es más
Mi gata sarnosa ni siquiera sa-brá
Que sarna tenía y maullaba sin paz
Qué pasó…
Mi gata sarnosa no quería via-jar
Se hundía en la almohada, no podía descansar
Ahora la gata no se queda quie-ta
Se mete al patio no me mira y se va
Qué pasó…
Se curó,
se limpió,
se enjuagó,
se olvidó.
Hoy, mi gata.
Hoy, mi gata.
sábado 27 de junio de 2009
lo que está, lo que no está
Y entre aquel perro y este colectivo no se esconde nada.
Y entre ese cartel y el kiosco no se vende nada
Y entre aquel chofer y el timbre nadie baja.
Y entre aquella foto y mi cara no recuerdo nada.
Y sobre aquella mesa la soda no rebalsa.
Y pensás en cuando Dios y no te cebas ni para un mate.
Porque estas lavado. Pero hay de poco un todo y lo exprimis con las ampollas del masaje capilar y las ves crecer en remolinos.
